El carácter debería ser innegociable: Millonarios empató colapsado
- Lorena Buitrago
- hace 1 hora
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El clásico capitalino entre Millonarios y Santa Fe dejó más preguntas que respuestas para el equipo azul. No por el 1-1 que en el papel puede parecer equilibrado, sino por la forma en la que se le escapó el control de un partido que tenía dominado.
Hasta el gol de Sebastián Valencia, Millonarios mostraba una buena versión, con la confianza suficiente para manejar el juego. El tanto no solo fue un golpe anímico a favor, sino la confirmación de que las cosas estaban funcionando. Sin embargo, lo que vino después fue una desconexión difícil de justificar en un equipo que aspira a pelear la clasificación.
El empate de Hugo Rodallega no solo niveló el marcador; desnudó la fragilidad emocional de Millonarios. En cuestión de minutos, el equipo perdió la compostura, se desordenó en el campo y, lo más preocupante, dejó de competir con claridad. Pasó de controlar a reaccionar con ansiedad, como si el golpe hubiera sido definitivo.
La expulsión de Rodrigo Contreras dejó a un equipo con diez hombres en un momento importante y, peor aún, la falta de control que terminó afectándolo todo. Su enfrentamiento con un contrincante, y el intento de provocar a Rodallega, habla de un equipo que, más allá de lo táctico, perdió la cabeza.
Y ahí está el verdadero problema. No es la igualdad en el marcador, es la incapacidad de recomponerse en una instancia donde es fundamental ganar. Tras la roja, Millonarios no encontró herramientas para volver al partido. No hubo rebeldía futbolística ni claridad para ir nuevamente al frente, no hubo cabeza, ni personalidad. El equipo se diluyó entre la frustración y el desorden.
En instancias decisivas, prácticamente en la que estamos, estos detalles marcan la diferencia. Porque los equipos grandes no solo se miden por cómo juegan cuando ganan, sino por cómo reaccionan cuando el partido se les tuerce. Y en este clásico, Millonarios falló en ese examen.
Queda la sensación de que no se perdió por fútbol, sino por carácter. Y ese, quizás, es el aspecto más difícil de corregir en el corto plazo.




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