La perdición de Millonarios: entre la resignación de la hinchada y un nivel que quita las ganas de todo
- Mateo Organista Márquez

- 13 abr
- 2 min de lectura

Los lunes se han transformado en un suplicio, una extensión gris de la agonía que vivimos cada fin de semana. Despertar el día después de que juega Millonarios se ha vuelto lamentable; ya no hay ilusión, solo el eco de un equipo que no levanta cabeza.
Estamos ante el peligro real de quedarnos por segundo semestre consecutivo fuera de las finales, una tragedia deportiva cimentada en la horrible gestión de los dueños del club y en el nivel paupérrimo de unos jugadores que, a pesar de los refuerzos, no logran engranar. Esta plantilla viene regalando el prestigio de la institución desde el segundo semestre de 2023 y, por lo visto, no tienen la intención de aprender de sus errores y dejar que esto siga avanzando.
Para colmo de males, ayer en la tarde, volvimos a defraudar ante nuestra gente al igualar de local contra un Independiente Santa Fe limitadísimo que no propuso nada extraordinario. Es desesperante ver cómo se desperdician puntos vitales en casa, hundiendo al hincha en una apatía profunda. Aunque las matemáticas digan que seguimos vivos en la Liga y en la Copa Sudamericana, el juego dice lo contrario: este nivel hace que a cualquiera se le quiten las ganas de todo.
Enoja profundamente ver a Millonarios jugar con tanta displicencia. Los jugadores, lejos de mostrar jerarquía, caen ante la mínima provocación de los rivales, cayendo en un juego infantil que termina en amonestaciones innecesarias o tarjetas rojas que desmantelan al equipo. En un plantel con una nómina tan limitada, estas ausencias son criminales para la jornada siguiente. Parece que no hubiera lectura de partido ni madurez emocional; somos un equipo que se sabotea a sí mismo mientras la dirigencia observa desde la comodidad de sus asientos sin mover ningún pelo.
Resulta irritante comprobar que cualquier escuadra, sin importar su presupuesto o nómina, se nos planta y nos causa problemas. El respeto que antes imponía la camiseta azul se ha esfumado; hoy la mayoría de rivales se sienten cómodos enfrentándonos. Ya no somos esa pesadilla que solíamos ser hace años; ahora todos se animan a atacarnos, ya sea en el torneo local o en la arena internacional. Hemos pasado de ser un gigante respetado a ser una plantilla predecible que ya no asusta a nadie.
Sin embargo, el fútbol como la vida, no da tregua y nos pone ante una encrucijada definitiva. En menos de una semana se vienen dos partidos cruciales que podrían, al menos, maquillar esta crisis y que nos den un poco de esperanza, o hundirnos definitivamente en el fracaso.
Ya estamos cansados de escuchar lamentos y promesas vacías en las zonas mixtas después de cada demostración de poco fútbol. Es hora de que los jugadores guarden silencio ante los micrófonos y comiencen a hablar donde realmente importa: en la cancha. La hinchada no pide milagros, pide respeto por la historia y una actitud que esté a la altura de lo que significa vestir estos colores.




Comentarios