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¿Más vale malo conocido que bueno por conocer?

hace 1 hora
3 min de lectura

El regreso de Alberto Gamero al banquillo de El Campín tenía el aire de un reencuentro necesario, cargado de esa nostalgia que suele cegar al hincha antes del pitazo inicial. Sin embargo, los primeros cuarenta y cinco minutos ante el Deportivo Cali actuaron como un baño de realidad helada.


El Clásico Añejo expuso rápido la desconexión de un Millonarios espeso, sin brújula en la mitad del campo y golpeado en la pizarra tras el gol de Johan Martínez. La ilusión del entorno por el retorno del estratega samario se disipó pronto ante un fútbol errático que demostró que el crédito del afecto no alcanza para sostener un partido si la ejecución sobre el césped es inexistente.


El problema no pasa únicamente por la falta de ideas colectivas, sino por el déficit individual que exhiben contrataciones recientes que continúan en deuda desde este semestre o el año pasado. Los casos más específicos son los de Mateo García y Sebastián Valencia durante la primera mitad resultaron especialmente sintomáticos; ambos futbolistas lucieron desorientados, desbordados en la contención e incapaces de asumir la distribución que exige el peso de la camiseta embajadora.


Jugar en Bogotá impone una responsabilidad de ritmo y criterio que ninguno de los dos ha logrado interpretar en este tramo del torneo. Su rendimiento actual deja un vacío preocupante en la zona de gestación, evidenciando que el proceso de adaptación de los refuerzos sigue estando alarmantemente lejos del estándar competitivo que exige la institución.


Ante la urgencia de recomponer la estructura, Gamero recurrió en el complemento a dos piezas que conoce muy bien y cuyos contratos expiran en menos de seis meses: Danovis Banguero y David Mackalister Silva. La entrada de ambos por Valencia y García le cambió la cara al equipo, como si el paréntesis tras la salida del DT en diciembre de 2024 jamás hubiese existido.


Sin aspavientos y con el libreto asimilado a fuego, la vieja guardia ordenó la circulación, le dio altura al bloque y permitió que el equipo adelantara líneas hasta encontrar la igualdad mediante Francisco Chaverra. La solidez táctica que aportaron Banguero y Mackalister resaltó no por despliegue físico, sino por una inteligencia de juego que los recién llegados aún no atinan a descifrar.


Este diagnóstico no debe interpretarse bajo el sesgo del triunfalismo ni como un reclamo desmedido para renovar contratos a la ligera en medio del fervor de un empate en casa. El fútbol de alto rendimiento exige madurez analítica; los desaciertos acumulados en los últimos semestres no se borran por un tramo de buen fútbol en la fecha cinco del todos contra todos. La tesis central radica en el valor irremplazable de la memoria táctica y la jerarquía cuando las papas queman. Cuando el barco zozobra, el conocimiento previo del modelo de juego termina pesando más que la juventud o el margen de reventa que promete una incorporación sin consolidar.


El dicho popular sobre si «más vale malo conocido que bueno por conocer» adquiere en el entorno azul una dimensión institucional profunda. Para Gamero, la respuesta inmediata de los veteranos es un salvavidas a corto plazo, pero también un diagnóstico severo sobre la confección de la plantilla actual.


El cuerpo técnico tiene por delante el enorme desafío de lograr que las caras nuevas asimilen la exigencia del club antes de que el calendario ahogue sus aspiraciones. Mientras tanto, Millonarios sobrevive gracias a la guardia que entiende el oficio, dejando en claro que para vestir esta camiseta no basta con llegar con cartel de apuesta, sino con saber responder en la cancha cuando las circunstancias lo exigen.

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