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Sin sangre ni jerarquía: La crónica de un fracaso mortal en Valledupar


El telón de la fase "todos contra todos" cayó en la tarde de hoy en el Estadio Armando Maestre Pavajeau de Valledupar, dejando como saldo un amargo y frustrante empate 2-2 entre Alianza FC y Millonarios.


El sistema del campeonato colombiano es tan generoso que raya en lo absurdo: tal como se desarrolló esta dramática fecha 19, con las inesperadas derrotas de Inter de Bogotá y de Independiente Medellín, al club embajador le bastaba simplemente con ganar para asegurar su tiquete a los cuadrangulares. Las puertas estaban abiertas de par en par, pero este equipo demostró una vez más que el peor enemigo de nosotros, somos nosotros mismos.


Los primeros compases del encuentro engañaron a más de un iluso. Durante los minutos iniciales, Millonarios salió a imponer condiciones, asfixiando la salida del rival y mostrando una intensidad que hacía presagiar una tarde de redención. Comenzó bien, con tres opciones de arranque; un mano a mano de Rodrigo Contreras con el portero Johan Wallens y luego, una doble opción de Andrés Llinás tras un córner tirado por Mackalister Silva, una con el pie y otra con la cabeza, que detuvo el arquero local.


Sin embargo, fue un simple espejismo ya que rápidamente el conjunto azul se enredó en su propio libreto, perdió el balón en el mediocampo y, de manera incomprensible, nos metimos atrás. Renunciamos a buscar ese gol tempranero que nos diera la calma y el manejo del partido que tanto necesitábamos.


La única luz en medio de esa oscuridad táctica fue una jugada aislada: una gran asistencia filtrada por parte de Sebastián del Castillo que dejó a Mackalister Silva con una opción inmejorable de frente al arco, pero el capitán no logró definir con precisión. Y ya. Eso fue todo el peso ofensivo de un equipo que se jugaba la vida.


Ante la vergonzosa pasividad embajadora, el conjunto local no dudó en tomar las riendas. Alianza FC empezó a crecer en el terreno de juego, dándose cuenta de que el gigante capitalino estaba cansado y replegado. Los de Valledupar adelantaron líneas, empezaron a ganar todos los rebotes y aprovecharon nuestra falta de intensidad para irse arriba en el marcador justo antes del descanso. Un 1-0 que fue el castigo lógico y merecido para un equipo que decidió dejar de competir.


El complemento trajo consigo una montaña rusa de emociones que se tradujo en tres goles, pero que solo sirvió para alargar la agonía. Apenas nos acomodábamos para buscar la heroica, llegó el balde de agua fría al minuto 54: un error garrafal de Guillermo de Amores. El portero uruguayo intentó cortar un centro de rutina, pero calculó pésimo, soltó el balón de manera insólita en el área chica y le dejó el arco a su merced a Pedro Franco, quien solo tuvo que empujarla para sentenciar el 2-0 que parecía lapidario.


Con la soga al cuello y más por desesperación que por fútbol, apareció Rodrigo Contreras para maquillar el desastre. El primer descuento llegó tras un error en la salida de Alianza FC, que aprovechó Leonardo Castro para dejar solo al delantero argentino que definió a la perfección contra el palo derecho. Ya finalizando el encuentro, el mismo Contreras cazaría nuevamente una pelota que le dejó su compañero de ataque, sacando un remate potente y rasante que se coló para firmar el 2-2.


Lamentablemente el reloj no perdonó y al sonar el pitazo final, la matemática era cruel, pero justa: a Millonarios se le dieron absolutamente todos los resultados, menos el propio. Por segundo semestre consecutivo, el equipo verá las finales por televisión. Y eso, en un club de esta grandeza e historia, es un pecado mortal.


Ya la hinchada está harta del mismo discurso vacío de siempre. Frente a las cámaras y los micrófonos desfilarán los jugadores con sus típicas excusas de cajón, con el casete puesto diciendo que "están dolidos", que "el fútbol da revanchas" y que "hay que levantar la cabeza".


Pero la triste y cruda realidad es que a los únicos a los que verdaderamente nos duele y nos quema este momento es a los hinchas que dejamos la vida en la tribuna. Las caras en el banquillo y en la cancha reflejan la enorme decepción que es este plantel, dejando la dolorosa sensación de que, en el partido más importante del año, nunca jugaron este compromiso con la sangre, el respeto y la jerarquía con la que tenían que haberlo jugado.

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